sleeping child...
Mientras escribo el niño siestea en el sofá. Su pelo suave, escaso y revuelto se ilumina con el sol templado del otoño madrileño.
Y me entran unas ganas irrefenables de escribir para mí para él para todo el que quiera escuchar mis palabras felices de una tarde de sábado tranquilo.
Cómo perder la fe en la vida que vivo, que hago día a día, a trancas y barrancas, bien o mal, si hay un niño que duerme en paz, mientras haya niños que duerme en paz y ajenos al miedo, cómo darle la espalda a la luz que entra por mi ventana, a la sonrisa de la gente que te quiere, a tí a él a la fuerza de la voluntad del ser humano...
Tengo que confesar que soy feliz. Que me gusta lo que tengo. Desde que me separé el desaliento me ha rondado como una fulana zalamera, día tras día. Pero ajena al desaliento, al miedo al mañana, a la angustía de no saber qué pasará, aquí sigo. Mi vida me gusta: me gusta el niño que tengo por hijo. He tenido suerte con él. Me gusta mi familia, mis amigos.
Me gustas tú, a pesar de los pesares me gustas tú. Por qué tengo la sensación que la llave que abre las puertas de la tranquilidad espiritual (no sé cómo llamarlo) tiene que ver con estas palabras, con este estado de ánimo, con la absoluta falta de ambición de poseerte, de exigir nada a nadie?
Que me den lo que quieran darme, yo recibo con gusto. Si estoy feliz qué más da...
