En la cocina
Sentada en mi pequeña cocina, el café, como siempre, se me ha quedado frío. El rayo de sol de las doce entra con fuerza y pinta la pared blanca frente a mi. Yo, refugiada en la sombra, a medio metro de distancia, en pijama, me retuerzo el pelo y miro ese rayo luminoso sin pasión ni ganas.
Oigo a alguien en la radio decir que a pesar de la crisis y del paro, a pesar de haberse tenido que mudar de ciudad, de perder el trabajo, no se piensa deprimir porque si no, no les quedaría ni las ganas de levantarse.
Yo casi nunca tengo ganas de levantarme últimamente. Pero al menos lo hago sola, sin testigos. Y hoy lo hago agradecida de que mi nuevo amigo se fuera antes de las tres.
La radio sigue acompañándome en esta mañana de domingo, la primera fría del otoño. Ha llegado tan de repente que me ha pillado desprevenida. Norah Jones le canta a alguien que su vida es una ruina por su culpa...
Miro la hora, debería recoger al niño, pasar el domingo con él o al menos, ir a casa de mis padres y quedarme allí. Pero sigo mirando el rayo de sol que ya me calienta las piernas. Debería sentirme algo reconfortada, alguien me da cariño y caricias y me coge de la mano, aunque luego se vaya, antes de las tres y me deje dormir a solas, como llevo haciendo cinco años.
Pero lo único que siento es que no sé que voy a hacer con mi otoño, ni con todos los domingos fríos de sol. No sé si mi nuevo amigo querrá quedarse a dormir y yo tendré que acostumbrarme a su compañía,si la fuerza de la costumbre y el roce me traerán la ansiada tregua.
Diciembre quiere llegar, con su nieve y la bandera blanca. Yo espero poder rendirme sin ambages, dios, dame fuerza para poder rendirme sin ambages...
